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Duelo migratorio: claves para entenderlo y gestionarlo

Mujer mirando el mar al atardecer envuelta en una manta
Mujer mirando el mar al atardecer envuelta en una manta © Canva

El duelo migratorio y su correspondiente adaptación cultural, es una etapa de la migración a la cual no le solemos prestar la atención suficiente. Para entender de qué se trata este proceso emocional migratorio y como gestionarlo es importante que observemos los desafíos que en la mayoría de los procesos solemos pasar por alto.

Es bien sabido que migrar, más allá de sus razones iniciales, resulta siempre un proceso desafiante. Durante este trayecto, además de enfrentarnos al estrés que conlleva el papeleo y la adaptación a un país y una cultura nueva, una vez instalados en el nuevo lugar comienza lo que desde la terapia denominamos duelo migratorio.

El duelo migratorio

El duelo migratorio es el proceso mediante el cual vamos tomando conciencia de las distintas ausencias que genera el traslado a otro país. Dejamos atrás un entorno familiar, nuestra red afectiva, sabores, sonidos y paisajes conocidos para empezar desde cero en otro lugar.

La exigencia de las circunstancias hace que nos cueste cierto tiempo conectar con el dolor que produce dejar la vida que conocíamos. Nuestro instinto de supervivencia nos impide reconocer que estamos tristes, preocupados o que simplemente todo ocurre a tal velocidad que ni siquiera logramos identificar cómo nos sentimos.

Si te encuentras en este proceso, o has empezado a notar que algo no encaja, puede que el duelo migratorio esté haciéndose presente. A continuación, te dejamos algunas claves para identificarlo.

Es importante saber que existen siete dimensiones del duelo migratorio, que podemos experimentar en su totalidad, de forma parcial, o que incluso pueden activarse en distintos momentos según la etapa vital que atravesemos.

El duelo por la familia

El duelo por la familia y el círculo cercano es el más perceptible. La primera carencia que sentimos es el contraste entre las dinámicas familiares y comunitarias que conocíamos y las nuevas.
La dificultad para construir una red de apoyo a nuestro alrededor genera una sensación de aislamiento que puede ser muy intensa.

Es importante saber que no se trata de una situación permanente, y también buscar ayuda si la tristeza se prolonga en el tiempo y empieza a afectar tu bienestar.

Un idioma distinto

Quienes migramos a un país con una lengua distinta a la nuestra atravesamos además la experiencia de sentirnos, en cierta medida, otra persona al comunicarnos.
La barrera idiomática nos priva de la espontaneidad y del funcionamiento en piloto automático, lo que genera un agotamiento mental que pocas veces sabemos identificar.

Encontrar espacios donde relacionarte con personas que hablen tu idioma, y tener paciencia contigo mismo es clave para gestionar el agotamiento que la barrera idiomática genera.

Una cultura diferente

Estrechamente ligada al desafío de la lengua, aparece la cultural. Las costumbres, los hábitos cotidianos, la música e incluso el clima pueden parecernos cuestiones superficiales al principio, incluso curiosas e interesantes, para convertirse más adelante en diferencias que refuerzan la sensación de no pertenecer.

Para contrarrestarlo, conviene crear pequeños hábitos que te conecten con tu cultura de origen, desde un plato de comida hasta actividades vinculadas a tu país.

Hay una dimensión que muchas personas tardan en visualizar, y que suele aparecer poco después de comenzar a buscar trabajo o incluso de ya tenerlo, es lo que quienes acompañamos estos procesos llamamos duelo por pérdida de estatus.

Un paisaje diferente

Existe también una dimensión que suele pasar desapercibida porque parece demasiado obvia para nombrarse: el duelo por el paisaje y el entorno. El cuerpo tiene memoria. Los árboles, la luz de cierta hora de la tarde, el olor a tierra mojada o a mar, la arquitectura de las calles que recorrimos toda la vida, todo eso forma parte de lo que nos hace sentir en casa. Al migrar, ese entorno desaparece y es reemplazado por uno nuevo que, aunque pueda ser hermoso, al principio no nos habla. En los Países Bajos, donde la planitud del paisaje, la luz gris del invierno y los canales reemplazan geografías muy distintas, esta experiencia puede ser especialmente intensa para quienes vienen de países montañosos, costeros o con climas más cálidos. Para atravesar este duelo puede ayudar buscar intencionalmente elementos del nuevo entorno que te generen bienestar, un parque, una ruta en bici, una plaza. No se trata de reemplazar lo que dejaste, sino de ir creando nuevas referencias sensoriales que también puedan sentirse propias.

Pérdida de estatus

El recorrido laboral construido en tu país de origen muchas veces no cuenta en el nuevo contexto. Las redes profesionales que también abren puertas se reducen o desaparecen, y todo parece mucho más cuesta arriba. La clave aquí es, nuevamente, la paciencia con uno mismo. Migrar es una decisión valiente que no borra tus capacidades; solo es cuestión de tiempo, de ir haciendo networking poco a poco y de conocer nuevas personas para que tu vida laboral vaya tomando forma.

Si sumamos todos los factores anteriores, lo que emerge es el duelo por los grupos de pertenencia. Familia, amigos, trabajo y actividades culturales suelen dar a nuestra vida una estructura concreta y una agenda a la que estamos habituados, y que perdemos al migrar.

Esto genera una falta de sentido de pertenencia generalizada. De ahí la importancia de la paciencia para ir reconstruyendo cada una de estas áreas, sabiendo que si el proceso se hace muy cuesta arriba, buscar apoyo también es una opción válida.

La seguridad

La última dimensión es la sensación de seguridad física. Aunque los Países Bajos se caracteriza por ser un país seguro, la diferencia de entornos, la barrera idiomática, las distintas dinámicas de socialización e incluso el sistema sanitario pueden generar una sensación de menor seguridad.

Esta puede manifestarse como temor a realizar ciertas actividades, resistencia a explorar lugares nuevos o simplemente como una parálisis que nos limita a las tareas más básicas.

Para ir superando esta barrera puede ayudar recuperar aquellas actividades que disfrutabas en tu lugar de origen y buscar equivalentes en tu nuevo entorno. Esta capa es la que, poco a poco, a medida que vas reencontrándote con tu versión migrante, tiende a acomodarse.

Recuerda que cada proceso migratorio es único, que no sigue ninguna linealidad y que cualquiera de estas dimensiones puede activarse incluso años después de haberte asentado en los Países Bajos.

La paciencia con el propio camino, la validación de tus emociones y la búsqueda de ayuda cuando sea necesario son pilares fundamentales para navegar estos desafíos.

Por Tierras Holandesas

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